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    <title>La Noticia 1</title>
    <subtitle>Información actualizada las 24 horas.</subtitle>
    <updated>2025-11-13T21:58:29+00:00</updated>
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            Hacia la necesidad de terminar con el chantapedagogismo
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                <![CDATA[Emmanuel Rossi]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cRwCWBNjrLAy2CXQ9Pm9IbMgDcM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2025/06/vendehumo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Emmanuel Rossi*</p><p>El ambiente de la Educación, posiblemente, sea el que mayor cantidad de demagogos, leguleyos y vendehúmos ha concentrado en los últimos años. Reducida a un significante vacío por la clase dirigente, en la sociedad fractal posmoderna, influencers y gurúes han derramado sus garras como hienas sobre el cadáver de la pedagogía argentina (y más allá también).</p><p>Vendedores de talleres truchos a municipios y comunas, analistas de Instagram deseosos de sumar seguidores y divulgadores de frases hechas y estúpidas pululan por doquier en busca de la concreción de un kiosquito que les permita lucro y chapa.</p><p>Generalmente estos tirapostas están bien alejados de las aulas, de las comunidades educativas reales, del barro de las escuelas.</p><p>Prefieren desarrollar una pedagogía del simulacro, montada sobre una realidad que no existe (para, precisamente, tratar de disimular su deshonestidad ideológica y su fragilidad conceptual).</p><p>Siempre un pequeño peldaño más arriba en lo referente a la retórica (y no mucho más) que sus aplaudidores de turno que aspiran a oír lo que ya saben -aunque sea inaplicable o falaz-, pero con palabras más rimbombantes (y no mucho más).</p><p>Siempre intentado aparecer como subversivos cuando, en verdad, están haciendo un negocio o una carrera personal causando mucho daño sobre el ya derruido sistema escolar, agravando el orden establecido. No es de extrañar que con el paso de los años terminen en una banca en algún cuerpo deliberativo…</p><p>Ahora bien, en el país de la fragmentación cultural, del 50% de niños pobres, de la deserción alarmante y de los miles de analfabetos que terminan el secundario sin comprender lo que leen, lo primero que debe hacerse es generar un sistema educativo troncal general y sólido, sobre una base estructural real(ista), para que empecemos a avanzar científicamente en la edificación de una escuela libre de chantas, relativistas y opinólogos que basan sus ideas en clichés de modas y en pavadas que abundan en Facebook. Sin modelo central con Totalidad, el chantapedagogismo (ése que incluso tiene mucho espacio en los medios tradicionales), será el que (de)forme a las futuras generaciones, amparándose en la excusa de que “los tiempos cambiaron” y que “la escuela debe adaptarse a cada alumno”, sofisma individualista y equívoco de estas épocas, funcional a la decadencia y la pauperización de los pueblos.</p><p>&nbsp;</p><p>*Emmanuel Rossi es Licenciado en Comunicación Social (UNR), escritor y docente. Ha publicado libros de ficción y de análisis político y social. También se desempeña como periodista y editor literario.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/cRwCWBNjrLAy2CXQ9Pm9IbMgDcM=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2025/06/vendehumo.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Por la construcción de un Sistema Escolar hoy inexistente. Contra el relativismo educativo posmoderno y quienes lucran con ello so pena de embrutecer a generaciones y generaciones.]]>
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                                <category term="educacion" label="Educación" />
                <updated>2025-11-13T21:58:29+00:00</updated>
                <published>2025-06-16T10:45:59+00:00</published>
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            La verdadera nueva derecha
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                <![CDATA[Emmanuel Rossi]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7-3cb80zRKoX7W0HFd1XODAufhs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2024/07/posmodernidad.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>“Hoy, la única manera de ser capitalista&nbsp;en general es ser un Demócrata Social (o socialdemócrata)”.S. Žižek</p><p>&nbsp;</p><p>“Sin Totalidad no hay sentido”.Ricardo Piglia</p><p>&nbsp;</p><p>Por Emmanuel Rossi</p><p>Desbordado -en parte- el cerco del correctismo infausto, resta continuar con ciertas definiciones a fin de lograr evitar la imposición de artificios provenientes de distraídos y malintencionados. En este escenario, buscaremos aproximarnos a algunas características de nuestro wokismo vernáculo, cuyo portador sano ha sido calificado, criolla y apresuradamente, como “progre” (o, en el mejor de los casos, como socialdemócrata).</p><p>La distinción entre este tipo de progresismo, que aquí calificaremos como “progresismo posmoderno” o “progresismo woke”, de otros tipos de narrativas obliga a superar el binomio izquierda/derecha tradicional, no porque haya que dejar de lado esta apreciación, sino porque existe un paso previo a abordarse, filosófico, prepolítico, y que tiene que ver con la concepción del mundo y el sentido.</p><p>Hoy Occidente -si me permiten el eufemismo- se divide, antes que entre izquierda y derecha, entre relativismo y Totalidad, es decir, entre individualismo sofista y realidad externa al sujeto (entre “el mundo nace de mi percepción” y “el mundo es exterior a mí y me excede”).</p><p>Estas cosmovisiones desembocarán en diferentes manifiestos sociológicos, en diferentes acciones y en diferentes agendas, antagónicas e irreconciliables (lo siento por quienes buscan una suerte de amalgama nostálgica y por los oportunistas de siempre).</p><p>El subjetivismo sobremoderno y el universalismo de lo común son concepciones opuestas, y, como enseñó Aristóteles hace algunos años, y sigue siendo necesario evocar, nadie puede creer que lo mismo puede (al mismo tiempo) ser y no ser.</p><p>Por ende, en pos de unificar criterios, los pilares históricos a los que ha tendido el Kapital global (individualismo, solipsismo pueril, relativismo, posverdad, etc.) son tan comunes a los descendientes de la vieja derecha como al progresismo woke, ya que ambos son liberales posmodernos (es decir, neoliberales). Sólo cambia la pose, la maniobra de presentación. Sin embargo, la tendencia actual es llamar “nueva derecha” a espacios políticos conservadores que tienen prácticamente todas las características de la vieja derecha. ¿Otra artimaña distractiva? Puede ser. Lo importante es destacar que si existe una nueva derecha ésta es la hija parida al abrigo de la filial hollywoodense del Partido Demócrata yankee, las universidades biempensantes del norte y algún que otro gris recinto dominado por tecnócratas y propagandistas.</p><p>Actualmente las directrices en Occidente tienen este statu quo que, paradójicamente, se presenta como revolucionario, mientras sus grandes promotores (organismos supranacionales, empresas multinacionales, personalidades multimillonarias, burocracias políticas plutócratas y ONG de dudosa financiación) generan exactamente lo contrario a lo que pregonan: es que esta nueva derecha, el progresismo woke, en la praxis cotidiana no es sino la ritualización de una moda, un simulacro exagerado y hastiante al servicio de las elites, un conjunto de enunciados (incluso contradictorios entre sí) que tienen como objetivo tratar de enaltecer al enunciador (muchas veces en desprecio del resto). En su culto diario, si el sujeto del enunciado no pudiera mostrarse, entonces esta narrativa no existiría. No hay simulacro sin ejecución, no hay activismo sin selfie y no hay declamación buenista y prestidigitada sin el deseo insustancial de viralización.</p><p>&nbsp;</p><p>El problema principal se halla en su control de la agenda, y en la capacidad de daño hacia quienes se oponen (cancelación, escrache, censura, etc.). También en la pauperización y desintegración social que genera, ya que hablamos aquí de los hijos no reconocidos del “Fin de la Historia”. No hay comunidad en la nueva derecha (cualquiera sea su matiz), porque la percepción individual destrona al abordaje de lo Real, y el relativismo extremo castiga toda voluntad de unión, de hermandad y de cohesión transformadora.</p><p>Lo ha logrado: con flamante disfraz, y teñida de supuestas buenas intenciones, la nueva derecha, la derecha posmoderna -que pretende dejarnos sin Verdad, sin pasado y sin futuro-, continúa siendo hegemonía.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/7-3cb80zRKoX7W0HFd1XODAufhs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2024/07/posmodernidad.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>“Hoy, la única manera de ser capitalistaen general es ser un Demócrata Social (o socialdemócrata)”.S. Žižek“Sin Totalidad no hay sentido”.Ricardo Pigl...]]>
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                                <category term="opinion" label="Opinión" />
                <updated>2024-07-01T23:50:25+00:00</updated>
                <published>2024-07-01T23:50:19+00:00</published>
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            Todo lo sólido no se desvanece en ningún lado: Un mensaje del fenómeno Milei sobre la necesidad de refundar los partidos
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g1Umd1UA86qfrEYUSMzaH0Ha5NA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2024/02/milei_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Emmanuel Rossi (Lanoticia1.com)</p><p>A grosso modo, el fenómeno Milei es hijo de la posmodernidad: algo así como el anverso del neoliberalismo woke, la otra cara de la misma moneda. &nbsp;Sin embargo, dentro de esta trama líquida, un mensaje cabal y sólido ha resurgido, y al parecer toda la clase dirigente lo está dejando de lado: el “libertario” ha logrado cristalizar la demanda latente de un candidato que, más allá de la veracidad y posibilidad metodológica, tenga un discurso concreto y bastante limpio, sin retruécanos engañosos ni enunciados contradictorios y/o relativistas, donde blanco es blanco, y negro es negro. Hablamos principalmente aquí del Milei de campaña, quien -sin proponérselo- no sólo demostró que los partidos políticos han creado su propia crisis, sino que, además, desnudó esa supuesta necesidad, presentada como inexorable, de engordar alianzas proselitistas de amontonados para vencer en las urnas.</p><p>Para ahondar: la clásica y redundante crisis de las estructuras políticas tradicionales (y non tanto) no es producto del azar o de los tiempos, sino que es intrínseco al propio devenir partidocrático; hoy las palabras“Radical” o “Peronista” se han tornado prácticamente significantes vacíos. Las carátulas partidarias son, desde hace rato, cascarones resecos, macerados a la luz de la conveniencia personal de los vivillos de siempre: los becados vitalicios del Estado. En este sentido, Horacio Rodríguez Larreta fue el gran derrotado en 2023. Nadie conocía su plataforma, ni su programa económico (de hecho, se negó a explicarlo), ni su proyecto de país. Sin embargo, unió desde socialistas hasta liberales (como José Luis Espert), pasando por todo el abanico ideológico, con el objetivo de engrosar al máximo sus filas camaleónicas; pero su performance electoral fue pésima. El rejunte y la no aserción (generados adrede) perdieron.</p><p>Alberto Fernández fue otro de los grandes derrotados de este período, aunque su caída fue previa y más nociva para el conjunto de los argentinos. El relativismo ideológico (que no debe ser confundido con “tibieza” política) quedó fuera de juego. Milei, más allá de sus inconsistencias técnicas, teóricas y de oratoria, generó una identidad. Los ciudadanos, poco más, poco menos, comprendieron hacia dónde decía que la sociedad debía dirigirse, y además tomó la agenda abandonada por el progresismo posmoderno hegemónico y habló de los temas que le importaban a las grandes mayorías (economía y seguridad).</p><p>Es cierto que también Alberto Fernández y su grupo de interés le allanaron el camino de una manera nunca antes vista, inculcando la máxima desesperanza hasta en sus propios simpatizantes. De hecho, si Milei no arrasó en primera vuelta fue por sus limitaciones como candidato, como político y como sujeto…</p><p>En este escenario, el “libertario” prefirió esquivar el armado de un frente de ensamblaje, para no claudicar demasiado en sus ideas (lo que lo volvería uno más del montón: “casta”) y así expuso al resto. Por supuesto que necesitó de aparatos externos para trabajar en los comicios, y ahora los necesita para gobernar, pero trató de que sus máximas se mantuvieran erguidas, al menos desde lo discursivo/identitario. Porque nadie se identifica con algo que no es, o que puede ser y no ser al mismo tiempo. La realidad es unívoca, y nunca se equivoca.&nbsp;</p><p>Muchos votantes estaban aguardando que les hablaran de sus problemas, en su idioma y con un relato verosímil y homogéneo. No era tan difícil de inferir, a menos que se priorizase el dogma por sobre la empiria.&nbsp;</p><p>De todo este contexto complicadísimo para el país, quienes aspiren a tener protagonismo político deberían tomar nota de este suceso, quizás el único positivo que ha surgido del fenómeno Milei: Lo sólido no se desvanece en ningún lado si no queremos que se desvanezca, y las utopías, la identidad y el horizonte de futuro se generan no en el aire, sino sobre bases concretas de las cuales asirse.</p><p>A (re)fundar los partidos que se acaba el mundo…</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/g1Umd1UA86qfrEYUSMzaH0Ha5NA=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2024/02/milei_4.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>La irrupción “libertaria” en Argentina puede abordarse desde diferentes disciplinas y, dentro de ellas, desde distintas aristas. Aquí no recaeremos en melancolismos estériles ni en indignaciones morales tardías, sino que buscaremos tomar un efecto de dicha experiencia que puede dejar una enseñanza para el conjunto de quienes pretenden transformar la realidad desde otras órbitas.]]>
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                <updated>2025-11-13T21:58:29+00:00</updated>
                <published>2024-02-26T07:03:43+00:00</published>
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            Alberto Fernández, el no Presidente: Acercamiento a las claves del fracaso del Frente de Todos y el problema de la agenda
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                <![CDATA[Emmanuel Rossi]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QkeMWd6Qri6fFKmvchOPNOxn1E0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2023/09/alberto_fernandez_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Emmanuel Rossi (LaNoticia1.com).</p><p>La gestión del Frente de Todos presentó múltiples falencias en prácticamente todos los órdenes, pero el Presidente y su grupo de interés (dirigentes y no dirigentes) cometieron durante estos casi cuatro años 3 desatinos que en política son imperdonables, sobre todo si se perpetran al unísono y están enlazados entre sí: 1) Exacerbación de los graves problemas económicos, 2) ineficacia en la gestión y 3) elección e impulso de una agenda improcedente e irritante a los ojos de las grandes mayorías populares.&nbsp;</p><p>El primer punto es palmario, y para muchos es el único factor decisorio de la caída en desgracia de Alberto Fernández y del ya extinto Frente de Todos. Sin embargo, esta visión determinista no alcanza a explicar completamente el actual estado de situación. En este sentido, por poner un ejemplo, para 2017 Mauricio Macri ya había golpeado los bolsillos del sector trabajador y, sin embargo, refrendó su administración en los comicios de medio término. En síntesis: por supuesto que la cuestión económica es de total relevancia a la hora de consolidar un régimen político, pero no es el único elemento que le otorga futuro a un proyecto de gobierno.</p><p>La disparada del dólar y la inflación, cuestiones sensibles para el conjunto de los argentinos, fueron durante el mandato de Fernández dos puntos que erosionaron fuertemente su figura.</p><p>En paralelo, la ineficacia en la gestión (incapacidad para resolver problemas, incluso simples problemas) golpeó duro en la imagen del Jefe de Estado, constituyéndolo en foco de críticas de propios y extraños, provocando una semblanza caricaturesca de su persona, signada por la incompetencia, los idas y vueltas y la alienación respecto de la realidad social.</p><p>Y en cuanto al tercer punto, de carga simbólica (el más olvidado, ¿adrede?), la elección de cierta agenda fue una acción concluyente para la muerte política del mandatario, ya que exterminó el contrato con gran parte de sus propios adeptos (a tal punto que ni siquiera pudo aspirar a presentarse nuevamente como candidato). Cabe destacar que la agenda de un gobierno no es sólo un conjunto de temas, sino también las concepciones teóricas de esos temas, los abordajes metodológicos y los discursos que los revisten. Alberto Fernández (junto a su grupo de interés, nunca nos olvidemos de esto) escogió una agenda de moda entre las elites occidentales del norte, pero alejada de las realidades y las necesidades de las grandes mayorías de los argentinos, y además lo hizo en un contexto muy poco propicio para el margen de error y la improvisación (crisis económica y sanitaria). Los temas elegidos podían ser aceptables a priori, pero la concepción de los mismos, la metodología de abordaje y los relatos que los revistieron no sólo generaron falta de identificación con sus votantes, sino que provocaron hartazgo y rechazo. Mientras desde abajo se reclamaban soluciones por temas concretos (economía, seguridad), o al menos que dichos problemas sean tenidos en cuenta, el orden oficialista respondía desde cierto pedestal, a veces con cierta altanería, sobre debates foráneos, y hasta en otro idioma, un idioma artificioso y presuntamente superior al de su propio pueblo (tratado como un pueblo “no inclusivo”), generando ese desdén propio del moralista estilo “high society”. En este escenario, era factible esperar que múltiples sujetos sociales huérfanos de filiación política migraran rápidamente hacia espacios que plantearan problemáticas comunes, y una lengua común, y un entendimiento al menos medianamente común. &nbsp;Nadie se identifica con preceptos extraños, y menos con preceptos extraños, pedantes y a la vez inútiles (no ha habido demasiadas soluciones para los propios temas de agenda escogidos, por lo que tampoco el oficialismo albertista pudo mostrar resultados plausibles en este sentido, ni siquiera en el orden del simulacro de la propia burbuja ideológica).</p><p>En este contexto, también caldeó los ánimos la ausencia de correlación entre el relato oficial y la praxis del funcionariato.</p><p>Fernández tuvo un primer aviso fuerte sobre la reacción a sus problemas de agenda en los comicios de 2021, pero no acusó el golpe. Siguió obstinado en sus clichés de socialdemócrata statuquista europeo (como dice S. Žižek, “hoy, la única manera de ser capitalista en general es ser un Demócrata Social” -o socialdemócrata-, a diferencia de lo que muchos quieren hacer creer, desde las elites, de que ellos son “la revolución”). Algunos sectores dirigenciales del Frente de Todos comenzaron a interpretar que debían pegar un volantazo de 180 grados, pero pocos se animaron a llevarlo a cabo en su momento y casi ninguno a manifestarlo públicamente (por temor a ser considerados de derecha -actualmente casi todo es de derecha- y por consiguiente a ser cancelados y vetados). Vale mencionar que un oficialismo con nuevo nombre (e intento de nueva impronta) ha quedado en tercer lugar en las pasadas elecciones PASO, con el 27% de los votos (sumando los de Sergio Massa con los de Juan Grabois), una cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta la pesada mochila de incompetencia, negligencia y menosprecio por su pueblo que desde hace casi 4 años consuman Alberto Fernández y sus adalides (que por suerte ya no son tantos). No obstante, su no presidencia no le ha salido gratis a la coalición de gobierno, ya que durante su gestión el oficialismo perdió 6 millones de votos, y se enfrenta en breve a la posibilidad de que se imponga en las Generales de octubre alguien que representa prácticamente todo lo contrario (al menos desde lo narrativo). Es lógico, entonces, lo sucedido, lógico para todos (incluso para sectores del oficialismo en la actualidad, que ensayan una nueva agenda), excepto para Fernández y su grupo de interés, grupo que sigue culpando “a la gente” por votar a Javier Milei, y a la sociedad “que se ha derechizado”. La no aceptación de las responsabilidades políticas es otra de las aristas del desastre generado por la hegemonía de una administración relativista y posmoderna, y de los que han lucrado con el clima de época de estos años a expensas del pan sobre la mesa de los más vulnerables; porque, en definitiva, y aunque digan lo contrario, su agenda “buenista”, “progre” y woke norteamericana siempre fue incompatible con (y antagónica a) la de las mayorías populares, a quienes en el fondo desprecian profundamente.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/QkeMWd6Qri6fFKmvchOPNOxn1E0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://lanoticia1cdn.eleco.com.ar/media/2023/09/alberto_fernandez_1.jpg" class="type:primaryImage" /></figure>Analizar los errores teóricos y prácticos del ¿actual? Jefe de Estado podría demandarnos meses, quizás años. Sin embargo, intentaremos aquí alcanzar las principales tópicas que llevaron a la pérdida de 6 millones de votos oficialistas entre las PASO de 2019 y las de 2023.]]>
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                                <category term="politica" label="Política" />
                <updated>2025-11-13T21:58:29+00:00</updated>
                <published>2023-09-01T04:42:51+00:00</published>
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